domingo, 3 de enero de 2010

Vino y Literatura


El pasado sábado 26 de diciembre el Círculo de escritores de Valverde se reunió para compartir la literatura a la sombra de Baco en la peña Vino y Literatura; se leyeron poemas de poetas rusas como Bella Ajmadulina y Ana Ajmátova, el artículo de Ibeth Guzmán sobre la obra Mitologías de Carlos Reyes y poemas y cuentos de Randolfo Ariostto, Augusto Bueno, Juan Diescht y Rosa Elina. Allí estuvo presente también el poeta y cuentista Miguel Vélez quien contó anécdotas sobre su siempre admirado profesor Bosch. Con esta actividad finalizamos un año de intenso trabajo a favor de la difusión y creación literarias luego de traer a Mao a los escritores de San Cristóbal y la Fundación Literaria Aníbal Montaño lo que ha sido para nosotros uno de nuestros logros en materia de promoción de los valores nacionales en tierras noroestanas. El Círculo se prepara desde ya para dar más de lo mejor en este 2010. Salud

Varios de los textos que leyeron los miembros:

Retrato

La hora aletea
su juego de soledad
en el inerte éxtasis que disuelve
rosas amuebladas
por un ventrudo olor de acero.

Carlos Reyes



Figura viviente

Mi semí me mira fijamente en el espejo,
aludiendo sobre la bufanda que adorna el sayo
y con tropezones, raspaduras y coágulos de barro,
descubre la rutina que enseña los huesos
abrazados en frente de él.

Mayo es ante la luna, el mar afable,
unos pétalos trasnochados de clavel
cuando frota su mano clandestina en horas lúgubres.

Se hace de mis herejías abstractas en sorbos de café,
terrón de remolacha y un pan atrapado en dientes.

Se ríe en sarcasmos y quiere proseguir su andanza
sin manos, sin pies, sin alma,
solo con dos piedras de neón
utilizando el tiempo como palo de hebras que barre
y un baraño que mengua en el baño de su siglo acrónimo.

Mi semí murmura a su reflejo que sea sutil
al entrar en la lozanía agreste
que conserva la fantasía de las curvas blancas de la noche
cuando mis manos recogen enredos de ramas moribundas
y una llama las ilumina.

Sordo se hace ante la noche
y la noche sorda ante él despreciándome
por las figuras negras que cubren el aren.

En instantes me mira malhumorado
y en otros satisfecho.

Mi cuerpo anestesiado no lo percibe,
solo el globo de cristal que lo acurruca en su siesta.

Las puertas se abren,
las ventanas se cierran
queriendo tartamudear.

Dudo el ruido
y atenta me hago al iceberg
que decora mi cuarto
y la pobre luz marchita.

Mi semí se rompe,
mis ojos también,
llegan los temblores
con noche larga, tenue
y entra la soledad
como si fuera fantasma
con ojos de despecho.

Rosa Elina Rivas Díaz




Los celos

Los rayos del sol llegaban con furia como queriendo carbonizar el suelo. Las gallinas se picoteaban entre sí queriendo ocupar la poca sombra que proyectaba un moribundo árbol de Baitoa. A unos pocos metros de allí, el negro Beltré, a pleno sol y desnudo de la cintura hacia arriba, manejaba como todo un experto la azada en el desyerbo de aquella plantación de gandules. El sol a pesar de su calentura no parecía molestarle. Pero en su pensamiento, algo muy grande le perturbaba, no era para menos, pues el patrón se había introducido a su casa hacía aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos y no lo había visto salir a pesar de haber estado observando desde unos cincuenta metros de donde trabajaba; eso le estaba mortificando de tal manera que no podía trabajar. Cada vez que daba varios golpes de azada, miraba hacia aquel hogar hecho de tablas de palmera y yagua donde había dejado a su esposa acostada, consciente de que estaban aprovechándose de ella. Así pasaron otros quince minutos en que la mente se le empezara a nublar.

El sudor le corría por la frente y todo su cuerpo empapándole la ropa interior y algo de los pantalones. Pero seguía observando su casa. En una se dijo:

—¡Qué carajo! El maldito me la está aprovechando en mis narices atento a que él es mi jefe y tiene dinero.

Sin pestañear caminó hacia la casa, al estar cerca miró que la puerta estaba semiabierta. Se acercó cautelosamente y trató de escuchar algo, pero nada se sentía, al cabo de unos minutos escuchó un quejido de la sensación que da el sexo. Caminó alrededor de la vivienda con pasos sigilosos. Sacó el machete de la vaina y buscó la puerta para ultimarlo a ambos por traidores. Pero cuando iba hacia la puerta, miró un envase lleno de combustible que había traído el patrón para la bomba de riego; tomó el combustible, fue a la puerta, la cerró de golpe, le pegó el candado y desde adentro su esposa dijo:

—¿Eres tú Beltré?

Beltré no contestó, sí roció la gasolina por todo el hogar. Morirán como lo que son, un par de traidores. Tomó los fósforos de su bolsillo y encendió la casa. Se retiró uno pasos, el fuego enseguida cubrió el hogar. Escuchó los gritos de ella y no le importó. Corrió hacia el árbol de Baitoa haciendo que las gallinas salieran disparadas por todas partes. Desde allí vio la casa arder con aquellos dos malditos que jamás volverían a traicionarlo; tras verla consumirse ahogando los gritos de aquella pobre mujer, se dirigió al camino en dirección al pueblo donde pensaría qué hacer; pero cuando llegó al portón y lo cerraba, escuchó una voz desde atrás:

—Beltré, Beltré, ¿Para dónde vas?

Se volteó lleno de sorpresa, entreabrió los ojos y dijo tembloroso:

—Patrón, patrón ¿Usted no estaba en mi casa?

El patrón con una sonrisa le dijo:

—No, estaba buscándote la comida y te dejé dicho con tu esposa que volvería lo más pronto posible.

Juan Dietsch



La ida


Quién enciende las imágenes entre
equinoccios de olvido.

R. A.


La tarde viene a vernos con cara de perra enferma.

Nos tiemblan apenas los labios
al desnudar el crepúsculo…

Una mujer gris bosteza sobre nuestro llanto.

El envidrado indiurno
usurpa las voces de ausencias:
látigo del verano
diluyendo a vértigos el barandal del canto.

Es preferible ser ahora
que verter oídos en las tardes aceradas.

Preferimos ser allá,
verticalizados horizontalmente,
sin aquende, en su regazo de humo.

↑…el silencio y otras fábulas disecadas ∞

La gente nos mira,
escupe alcahuetadas sobre el clima
de nuestro hogar,
tose una elegía —un oración—,
no sé que hermana neurasténica y no podemos
ahora si que no podemos.

Solos,
con esta ingesta fría corroyendo pulsaciones.

La brisa aferra canticos o los desgrana en el iris.

Flota en los rostros el fétido vaho de infinitud.

El dorso del pasado nos hurga tintoreramente.

Calle de la más dura soledad
desoleada a lo ancho de la casa.

Puerta sin número.

Tendedero sin cordel.

¿Quién nos sirve el pasado en una taza azúcar?

Puerta de la más dura soledad.

Alba sin madre.

De lo profundo del planeta
surge un abismo en nuestra casa…

Randolfo Ariostto




mito de la lluvia

es tuyo el mito de la lluvia trepando la intuición del agua. tu silueta inunda la luz y apenas moja tu mano. no, ahí no son tuyas las hojas que en ti se extienden: miembro suave y tibio en mi miembro mórbido y vehemente

he visto la ternura del odio, del amor y susurro el nombre —melancolía—, ese nombre poseído por la noche blanca, depuesto huérfano en el decurso de los males, pero ese pesimismo aún nos salva de esta horrible ensoñación, de ese mito fundado en el crepitar de tus dedos abiertos en el agua y nos retiene insomnes en la siniestra creación tan parecidos, tan diferentes buscándonos para el desencuentro en el atardecer, en la fuente miserable y torpe que guarecida en la margen nos destruye bajo el signo sublime de la poesía

Augusto Bueno



El desenfreno de Onan

Te aferraste a mí como avaro al dinero
minándome el sosiego que me quiere poseer.

Truecas mi vida,
por tu muerte.

Eres déspota,
me dominas
huyo de tus crueles garras
cual ciervo al más feroz de los tigres.

El esporádico placer que disfrutas de mi carne
me subestima como a nadie en el mundo.

Te pertenezco
como súbdito a su rey
que obtempera aunque no quiera.

A veces mando en ti,
más siempre
mandas más que yo.

Quiero libertarme de ti,
que eres cárcel,
tumba y eterna cuita.

Al principio me prodigas paz y grandes píos
mas son artificios
para, al final,
poderme engañar.

Abrigo inmundo,
execrable,
ominoso e impúdico,
no me cubras más de tus fangos
mejor dame libertad
y poder acicalarme;
cruel y bárbara compañera
ten piedad de mí;
soy materia lábil que contigo
no puede competir;
deseo impuro,
limpia bien tus oídos
hechos de cerumen, escúchame:
te desprecio me rebajas y aniquilas.

Miguel Vélez


1 comentario:

tubeth2000 dijo...

Hola, hermoso trabajo el de su blog, yo tambien escribo, pertenezco al recien inaugurado Circulo de Escritoras Dominicanas Aida Cartagena Portalatin, los invito a pasar por mis poemas http://poemasdelalma2.blogspot.com